Amar de lejos no alcanza...

El amor que no pisa el piso no construye casa.

Sí inspira, sí conmueve,
pero no sostiene.

La imagen de mi padre, siempre ausente, me revela lo que no sostiene mi sistema nervioso:

Un “te amo” sin presencia.

Un “te amo profundamente”, pero no te cuido, ni te doy, ni te sostengo, ni te procuro.
Solo te digo que te amo porque digo que eso siento.

Historias repetidas entre el
“ya estoy arreglando todo para ir a verte, hija” y el “yo te necesito hoy papá”.

Me doy cuenta de que desde ti, desde la profundidad de lo que fuimos cuando estábamos juntos, pude ver de frente esa herida que no dejaba de sangrar.
Y con tus acciones, con tu ausencia, logré limpiarla, desinfectarla, irla cerrando…
y hoy observar la cicatriz que dejó.

Ya no puedo comprar humo con promesas.

Hoy me desperté preguntando:
¿y si regresas?

Sé que podrías hacerlo tal vez un día.
Sin excusas, sin misterio, sin épica:
con cuerpo, tiempo y actos.

Y si lo que me decías era irreal, entonces sé que jamás vas a volver.
Aunque sigas diciendo que me amas y yo sea la famosa Blanca de la que siempre hablas.

Hoy, sin dudas del amor que me tienes y del que te tengo, defino la realidad.

No es que sea fría.
No es que sea cerrada.
Es que me muevo íntegra.

Y mientras tanto, por el momento, mi lugar es donde mis hijos estén bien.

Finalmente, solo faltan seis años para que René tenga 18.
Mientras tanto, vivo.

Y pues… no te creas, la enseñanza estuvo chida.
Fue dolorosa.

Hoy siento que mi corazón llora.
No por no poder amarme yo,
sino porque pienso:
¿acaso eso es lo que me depara la vida?
¿amor ausente como el de mi padre?

Y luego me digo:
la neta, nadie es como Mike.
¿Y ahora qué?
¿Ya me quedé solamente con esa ausencia también?

No me da vergüenza decir que quiero estar acompañada.
Quiero terminar de criar a mis hijos acompañada,
después de que me rompí
y mi sistema nervioso valió madres.

Y, ¿sabes?
Darme cuenta de que quien me sostuvo fue alguien que estaba como yo estuve contigo… cala.

También me doy cuenta de que escribo,
que te escribo,
tratando de hacerte presente,
de hacer tangible que existes.

Y darme cuenta de que ahora estoy siendo sostenida por Joel, el papá de mis hijos,
por funcionalidad, por paz logística, por ellos,
porque llegamos a un acuerdo.

Porque no pude quedarme con tu ausencia.

Porque ahora sé que merezco mucho más que un amor tibio.

Sí: soy intensa, demandante, increíblemente sensible
y lo mejor que has conocido en tu vida,
porque no me ando por las ramas.
En ningún lado.

Y ahora,
ahorita,
en este instante,
mucho menos.

Regresa a que hablemos a partir del 27 de enero de 2026.
Pero regresa con la disposición de estar viviendo juntos.
Acordemos juntos.
Así de sencillo.
Sin vueltas.

Te escribo aquí para hacerte presente, tangible para mí,
para que mi cuerpo pueda decir:
sí existe,
sí existió,
sí amo,
sí amé.

Y me digo esto con calma, no para darme consuelo:

Blanquita, si para el 27 no hay ni un hola real, entonces no hay vínculo activo.
Esto no es ultimátum ni chantaje ni para presionarte ni nada.
Es para darle orden a mi sistema nervioso.

Porque:

No estoy destinada a repetir el amor de mi padre.
Estoy destinada a dejar de mentirme sobre lo que no me alcanza.

Esto implica soledad temporal.
No es condena vitalicia.

No estoy mal por querer compañía.
No soy “menos espiritual” por desear cuerpo, presencia, rutinas compartidas, calor humano cotidiano.
Eso no es dependencia:
es humanidad básica.

Lo único que sí está claro —y aquí cierro firme—:

No puedo fabricar amor para sobrevivir.

Ni con Joel.

Ni contigo, Mike, si estás a distancia.

Y aunque hoy eso se sienta como vacío,
en realidad es espacio limpio.

Y me digo quedito:

Blanca, no resuelvas hoy qué te depara la vida.
Hoy basta con no traicionarte.

Eso ya es enorme.

Entradas más populares de este blog

A dónde sea que vayas

Irracional irrazonable