Frente al espejo
Había una mujer que finalmente entendió algo doloroso sobre el amor: Amar profundamente a alguien no siempre significa poder vivir junto a él. Y esa verdad le caía bien y mal al mismo tiempo. Porque sí… una parte de ella comprendía la belleza de aquel hombre. Su manera de vivir el presente. Su forma de mirar la vida como si cada instante fuera suficiente por sí mismo. Su calma extraña. Su ternura. Incluso esa capacidad casi absurda de amar sin intentar poseer. Pero otra parte de ella, profundamente humana, quería gritarle: “Sí, todo muy espiritual… pero yo no soy tu madre para aguantar eternamente que no me vengas a ver. Soy tu mujer. Y necesito más que ecos cósmicos y amor suspendido en el tiempo.” Y allí estaba la herida. No en la falta de amor. Sino en la distancia. Porque él nunca pareció entender completamente lo que ocurría mientras él le decía: “vive tu vida.” No veía cómo ella se iba quedando sola en algunos lugares. Cómo el amor también necesita cuerpo. Presencia. Continuidad....