Un día...
Había una mujer que amaba como si el amor fuera una mezcla entre incendio, hogar y portal interdimensional. Y eso era hermoso. Pero también una chinga. Porque cuando ella amaba, no lo hacía a medias. No era de las personas que dicen “ay sí qué lindo” y siguen caminando intactas. No. Ella invertía vida. Tiempo. Sistema nervioso. Pensamientos random mientras hacía quesadillas. Canciones. Capas completas de conciencia. Y una vez, hace años, conoció a un hombre que parecía entender eso sin asustarse demasiado. Mike. No era perfecto. Ni cerca. A veces era desesperante. A veces demasiado tranquilo. Demasiado capaz de vivir solo el presente. Como si el futuro fuera un animal salvaje al que no debía intentarse encadenar. Y ella, que sentía el amor como una fuerza que debía encarnarse, construir algo, acercar cuerpos, unir mundos… a veces quería estrangularlo un poquito. Porque él decía cosas como: —Solo existe este día. Y ella por dentro: “Sí, todo muy zen, maestro Yoda emocional… pero VEN Y A...