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Cuando el amor se esconde detrás del deber

A veces las personas no se alejan de ti porque no te aman. A veces se alejan porque aman tanto que se asustan de fallar. Me pasó el amor de mi vida es así. Mi Mike. Hay corazones como el suyo que aprendieron que amar significa cargar. Resolver. Proteger. No equivocarse. Llegar con todo listo. Ser suficientes. Y desde afuera aparecen distantes. Pero por dentro muchas veces hay alguien peleando una batalla silenciosa tratando de convertirse en alguien digno de lo que ama. El problema es que el amor no  está pidiendo perfección. A veces solo está pidiendo presencia. No pide un castillo. Pide sentarse juntos mientras se construye una casa. No pide que nunca tengas miedo o enojo. Pide que no desaparezcas cuando lo tienes. No pide que llegues sin heridas. Pide que no escondas tu corazón detrás de ellas. Porque el deber ese del que tanto me hablaba yo sabía que puede nacer de lo más hermoso: Responsabilidad, cuidado, protección, amor. Te prometo que sí lo veía y por supuesto que lo sentí ...

¿Dónde estás?

¿Dónde estás? Anoche me pregunté antes de ir a dormir: ¿Dónde estás? Y entonces en sueños caminé. No hacia una dirección.  Hacia una historia. Abrí puertas. Recorrí habitaciones. Toqué paredes donde aún vivían ecos. Porque entendí que cuando buscamos a alguien que amamos, no buscamos solamente un cuerpo. Buscamos todos los momentos donde esa persona existió. Entonces amaneció y me pregunté: ¿Dónde está el niño de seis años que caminaba conmigo después de la escuela? Ese niño que todavía no sabía de miedos, responsabilidades ni futuros imposibles. Ese niño que simplemente caminaba a mi lado porque quería caminar conmigo. ¿Dónde está el joven de la moto? El que apareció otra vez en una esquina de mi vida como si el universo tuviera un sentido del humor extraño. El que volvió con heridas en el cuerpo y una historia todavía abierta. El que quería hacerlo todo bien. Tan bien... Que no vio que algunas cosas ya estaban bien simplemente porque eran verdad. ¿Dónde está el hombre que me decí...

En otro lugar...

En el Reino del Sur, donde el calor hacía sudar incluso a las piedras y los ventiladores parecían artefactos inútiles de magia menor, existía una mujer que estaba profundamente enamorada de un hombre filosóficamente desesperante. No era un mal hombre. Ese era precisamente el problema. Porque si hubiera sido cruel, idiota o claramente insuficiente… la historia habría terminado mucho antes. Pero no. El hombre era inteligente. Tierno. Profundo. Y tenía la extraña costumbre de decir cosas que sonaban hermosas… hasta que una las analizaba más de tres segundos. —Solo existe este día. decía él mirando el horizonte como si fuera protagonista de una película indie existencial francesa. Y la mujer por dentro:  “sí sí muy poético todo PERO TENEMOS 53 AÑOS CABRÓN.” esa fue la última vez que ella lo vio... Porque el hombre hablaba del tiempo como si fuera un druida inmortal del bosque antiguo. Pero ella sí entendía:  🦴 rodillas,  🦴 columna,  🦴 colesterol,  🦴 mortalidad,...

Familiaridad

Había una mujer que durante mucho tiempo creyó que su cuerpo siempre sabía exactamente a dónde ir. Y en parte era verdad. Porque no se entregaba a cualquiera. No caminaba por la vida enamorándose de cada mirada bonita o de cada hombre que le prestaba atención. Su cuerpo elegía. Siempre había elegido. El problema era que apenas comenzaba a entender DESDE DÓNDE elegía. Y eso lo cambió todo. Porque un día, después de suficientes años, suficientes relaciones, suficientes despedidas y suficientes conversaciones con el techo mientras el ventilador de Tuxtla intentaba inútilmente combatir el calor del universo… la mujer comprendió algo incómodo: Muchas veces su cuerpo no estaba diciendo: “esto es sano.” Estaba diciendo: “esto es familiar.” Y esa diferencia era gigantesca. Porque de pronto pudo mirar ciertas historias importantes de su vida y notar el hilo invisible que las conectaba. Distintos hombres. Distintas épocas. Distintas heridas. Distintas formas de amar. Y aun así… Había algo recono...

Frente al espejo

Había una mujer que finalmente entendió algo doloroso sobre el amor: Amar profundamente a alguien no siempre significa poder vivir junto a él. Y esa verdad le caía bien y mal al mismo tiempo. Porque sí… una parte de ella comprendía la belleza de aquel hombre. Su manera de vivir el presente. Su forma de mirar la vida como si cada instante fuera suficiente por sí mismo. Su calma extraña. Su ternura. Incluso esa capacidad casi absurda de amar sin intentar poseer. Pero otra parte de ella, profundamente humana, quería gritarle: “Sí, todo muy espiritual… pero yo no soy tu madre para aguantar eternamente que no me vengas a ver. Soy tu mujer. Y necesito más que ecos cósmicos y amor suspendido en el tiempo.” Y allí estaba la herida. No en la falta de amor. Sino en la distancia. Porque él nunca pareció entender completamente lo que ocurría mientras él le decía: “vive tu vida.” No veía cómo ella se iba quedando sola en algunos lugares. Cómo el amor también necesita cuerpo. Presencia. Continuidad....

En silencio

El silencio  Esa soledad para nada vacía que está llena de nosotros mismos. Ese lugar donde todo coexiste sin espacio ni tiempo. El pasado el presente y el futuro todos unidos en un solo instante de respiración dónde la cósmica realidad del universo interno coincide con el universo externo y se diluye suavemente la realidad como pretendemos que sea. Ese instante donde la existencia es la pesadez del cuerpo y la tensión de los músculos acompañado de la esencial de la vida misma. El silencio. Porque qué momento puede ser más creativo que aquel dónde todo está en silencio. Dónde las palabras surgen desde un lugarcito desconocido y fluyen abundantes como un río que parece no tener principio ni final. Este es el momento donde todas las fuerzas creadoras del universo se concentran y dan paso a la creatividad y la creación de la vida. Pero tristemente, nos negamos este espacio, porque da miedo el aparente vacío existencial. Y desde este lugar hoy te mando un mensaje: te estoy esperando. P...

Un día...

Había una mujer que amaba como si el amor fuera una mezcla entre incendio, hogar y portal interdimensional. Y eso era hermoso. Pero también una chinga. Porque cuando ella amaba, no lo hacía a medias. No era de las personas que dicen “ay sí qué lindo” y siguen caminando intactas. No. Ella invertía vida. Tiempo. Sistema nervioso. Pensamientos random mientras hacía quesadillas. Canciones. Capas completas de conciencia. Y una vez, hace años, conoció a un hombre que parecía entender eso sin asustarse demasiado. Mike. No era perfecto. Ni cerca. A veces era desesperante. A veces demasiado tranquilo. Demasiado capaz de vivir solo el presente. Como si el futuro fuera un animal salvaje al que no debía intentarse encadenar. Y ella, que sentía el amor como una fuerza que debía encarnarse, construir algo, acercar cuerpos, unir mundos… a veces quería estrangularlo un poquito. Porque él decía cosas como: —Solo existe este día. Y ella por dentro: “Sí, todo muy zen, maestro Yoda emocional… pero VEN Y A...