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En otro lugar...

En el Reino del Sur, donde el calor hacía sudar incluso a las piedras y los ventiladores parecían artefactos inútiles de magia menor, existía una mujer que estaba profundamente enamorada de un hombre filosóficamente desesperante. No era un mal hombre. Ese era precisamente el problema. Porque si hubiera sido cruel, idiota o claramente insuficiente… la historia habría terminado mucho antes. Pero no. El hombre era inteligente. Tierno. Profundo. Y tenía la extraña costumbre de decir cosas que sonaban hermosas… hasta que una las analizaba más de tres segundos. —Solo existe este día. decía él mirando el horizonte como si fuera protagonista de una película indie existencial francesa. Y la mujer por dentro:  “sí sí muy poético todo PERO TENEMOS 53 AÑOS CABRÓN.” esa fue la última vez que ella lo vio... Porque el hombre hablaba del tiempo como si fuera un druida inmortal del bosque antiguo. Pero ella sí entendía:  🦴 rodillas,  🦴 columna,  🦴 colesterol,  🦴 mortalidad,...

Familiaridad

Había una mujer que durante mucho tiempo creyó que su cuerpo siempre sabía exactamente a dónde ir. Y en parte era verdad. Porque no se entregaba a cualquiera. No caminaba por la vida enamorándose de cada mirada bonita o de cada hombre que le prestaba atención. Su cuerpo elegía. Siempre había elegido. El problema era que apenas comenzaba a entender DESDE DÓNDE elegía. Y eso lo cambió todo. Porque un día, después de suficientes años, suficientes relaciones, suficientes despedidas y suficientes conversaciones con el techo mientras el ventilador de Tuxtla intentaba inútilmente combatir el calor del universo… la mujer comprendió algo incómodo: Muchas veces su cuerpo no estaba diciendo: “esto es sano.” Estaba diciendo: “esto es familiar.” Y esa diferencia era gigantesca. Porque de pronto pudo mirar ciertas historias importantes de su vida y notar el hilo invisible que las conectaba. Distintos hombres. Distintas épocas. Distintas heridas. Distintas formas de amar. Y aun así… Había algo recono...

Frente al espejo

Había una mujer que finalmente entendió algo doloroso sobre el amor: Amar profundamente a alguien no siempre significa poder vivir junto a él. Y esa verdad le caía bien y mal al mismo tiempo. Porque sí… una parte de ella comprendía la belleza de aquel hombre. Su manera de vivir el presente. Su forma de mirar la vida como si cada instante fuera suficiente por sí mismo. Su calma extraña. Su ternura. Incluso esa capacidad casi absurda de amar sin intentar poseer. Pero otra parte de ella, profundamente humana, quería gritarle: “Sí, todo muy espiritual… pero yo no soy tu madre para aguantar eternamente que no me vengas a ver. Soy tu mujer. Y necesito más que ecos cósmicos y amor suspendido en el tiempo.” Y allí estaba la herida. No en la falta de amor. Sino en la distancia. Porque él nunca pareció entender completamente lo que ocurría mientras él le decía: “vive tu vida.” No veía cómo ella se iba quedando sola en algunos lugares. Cómo el amor también necesita cuerpo. Presencia. Continuidad....

En silencio

El silencio  Esa soledad para nada vacía que está llena de nosotros mismos. Ese lugar donde todo coexiste sin espacio ni tiempo. El pasado el presente y el futuro todos unidos en un solo instante de respiración dónde la cósmica realidad del universo interno coincide con el universo externo y se diluye suavemente la realidad como pretendemos que sea. Ese instante donde la existencia es la pesadez del cuerpo y la tensión de los músculos acompañado de la esencial de la vida misma. El silencio. Porque qué momento puede ser más creativo que aquel dónde todo está en silencio. Dónde las palabras surgen desde un lugarcito desconocido y fluyen abundantes como un río que parece no tener principio ni final. Este es el momento donde todas las fuerzas creadoras del universo se concentran y dan paso a la creatividad y la creación de la vida. Pero tristemente, nos negamos este espacio, porque da miedo el aparente vacío existencial. Y desde este lugar hoy te mando un mensaje: te estoy esperando. P...

Un día...

Había una mujer que amaba como si el amor fuera una mezcla entre incendio, hogar y portal interdimensional. Y eso era hermoso. Pero también una chinga. Porque cuando ella amaba, no lo hacía a medias. No era de las personas que dicen “ay sí qué lindo” y siguen caminando intactas. No. Ella invertía vida. Tiempo. Sistema nervioso. Pensamientos random mientras hacía quesadillas. Canciones. Capas completas de conciencia. Y una vez, hace años, conoció a un hombre que parecía entender eso sin asustarse demasiado. Mike. No era perfecto. Ni cerca. A veces era desesperante. A veces demasiado tranquilo. Demasiado capaz de vivir solo el presente. Como si el futuro fuera un animal salvaje al que no debía intentarse encadenar. Y ella, que sentía el amor como una fuerza que debía encarnarse, construir algo, acercar cuerpos, unir mundos… a veces quería estrangularlo un poquito. Porque él decía cosas como: —Solo existe este día. Y ella por dentro: “Sí, todo muy zen, maestro Yoda emocional… pero VEN Y A...

Quesadillas...

Había una mujer que aprendió muy temprano que algunas ausencias nunca terminan de irse. No importa cuánto tiempo pase. No importa cuántos años transcurran entre una canción y otra, entre un recuerdo y el siguiente. Hay personas que dejan una especie de habitación encendida dentro del cuerpo. Y aunque la vida siga, aunque el mundo avance, aunque uno ame otras cosas, trabaje, ría, pague cuentas, acomode plantas, críe hijos, aprenda a dormir mejor… la habitación sigue allí. A veces silenciosa. A veces intacta. La mujer sabía eso desde que su madre murió. Con el tiempo aprendió a vivir. A respirar. A cocinar. A sostener conversaciones normales mientras la ausencia caminaba a su lado como un fantasma tranquilo. La gente llamaba a eso sanar. Pero ella no estaba completamente de acuerdo. Porque sanar, para ella, implicaba que algo dejaba de doler. Y aquello no había dejado de doler. Solo había aprendido a no romperla todos los días. Era distinto. Más parecido a una cicatriz interna que seguía...

Nunca es tarde...

Había una mujer que podía escuchar demasiadas cosas al mismo tiempo. No con los oídos. Con el cuerpo. Escuchaba cuando alguien hablaba desde el miedo aunque sonriera. Escuchaba cuando una familia completa giraba alrededor del hijo más pequeño. Escuchaba el calor de la ciudad meterse entre las paredes y alterar el humor de las personas. Escuchaba la tensión en los hombros antes de que alguien dijera “estoy cansado”. Y durante muchos años creyó que el problema era ella. Porque mientras el mundo parecía funcionar con líneas rectas, ella veía sistemas completos moviéndose a la vez: emociones, historias, cuerpos, clima, palabras, silencios, miradas, miedos, patrones, causalidades. Todo junto . Entonces aprendió a hacer algo muy humano: reducirse . No completamente. Nunca pudo hacerlo del todo. Pero sí lo suficiente para sobrevivir entre personas que se asustaban cuando ella hablaba desde toda su profundidad e intensidad. Así pasaron los años. Hasta que un día comenzó a construir un departam...