Frente al espejo

Había una mujer que finalmente entendió algo doloroso sobre el amor:

Amar profundamente a alguien no siempre significa poder vivir junto a él.

Y esa verdad le caía bien y mal al mismo tiempo.

Porque sí… una parte de ella comprendía la belleza de aquel hombre.

Su manera de vivir el presente. Su forma de mirar la vida como si cada instante fuera suficiente por sí mismo. Su calma extraña. Su ternura. Incluso esa capacidad casi absurda de amar sin intentar poseer.

Pero otra parte de ella, profundamente humana, quería gritarle:

“Sí, todo muy espiritual… pero yo no soy tu madre para aguantar eternamente que no me vengas a ver. Soy tu mujer. Y necesito más que ecos cósmicos y amor suspendido en el tiempo.”

Y allí estaba la herida.

No en la falta de amor.
Sino en la distancia.

Porque él nunca pareció entender completamente lo que ocurría mientras él le decía: “vive tu vida.”

No veía cómo ella se iba quedando sola en algunos lugares. Cómo el amor también necesita cuerpo. Presencia. Continuidad. Rutina. Un “aquí estoy” tangible de vez en cuando.

Ella no necesitaba perfección.
Necesitaba realidad.

Y aun así…
lo amaba. Put* madre, cómo lo amaba.

A veces eso le daba ternura. A veces risa. A veces ganas de aventarle una chancla metafísica a la conciencia universal.

Porque qué cosa tan ridícula era sentir a alguien tan vivo dentro… y tan lejos afuera.

Pero después de mucho pensar, llorar, escribir, fumar-no-fumar, canciones viejas y conversaciones con el techo del universo… La mujer entendió algo más.

No podía pasar la vida entera esperando a que alguien aprendiera a habitar el amor de la misma manera que ella.

Y tampoco quería destruir lo vivido solo porque dolía. Por eso puso ella la distancia real.

Y entonces hizo algo mucho más difícil.
Aceptó las cosas.

Sí, él seguiría vivo dentro de ella de alguna manera.
Y sí, ella seguiría extrañándolo.

Las dos verdades coexistían.

Como coexistían el silencio y el ruido del agua mientras se bañaba. Como coexistían el pasado y el presente dentro de una misma respiración.

La mujer suspiró.
Luego se levantó.

Porque aunque el corazón todavía cargara fantasmas hermosos… La vida seguía.
Había que bañarse. Ponerse linda. Agendar la depilación. Atender pacientes. Mover el cuerpo. Respirar. Existir.

Y honestamente… Había algo profundamente digno en eso.

En una mujer que seguía viviendo incluso con el alma trágicamente viva.

Porque quizás madurar nunca fue dejar de amar.

Quizás madurar era aprender a peinarse suavemente el cabello frente al espejo… Mientras una parte del corazón todavía susurraba su nombre: Mike.

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