Una mujer...
Había una mujer que durante muchos años creyó que estaba cansada por sentir demasiado.
Pero un día descubrió que no.
Lo que la estaba agotando no era sentir.
Era traducirse.
Reducirse.
Explicarse.
Sostener estructuras que no descansaban con ella.
Así que poco a poco comenzó a recuperar territorio.
Primero fue algo pequeño.
Un límite dicho sin culpa.
Un “no” pronunciado sin temblar.
Una conversación que dejó de perseguir.
Una espera que decidió no sostener por ambos.
Después vino algo más extraño: el silencio.
No el silencio vacío.
El silencio donde el cuerpo deja de pelear por existir.
Y entonces comenzó a notar cosas nuevas.
Que el nuevo departamento fresco también la hacía sentir fresca por dentro.
Que acostarse después de sesión no era flojera sino reparación.
Que la música suave regulaba partes de ella que llevaban décadas tensas.
Que ya no quería vivir rodeada de caos solo porque sabía comprenderlo.
Una noche, mientras observaba el calor pegajoso de la ciudad derretirse lentamente contra las paredes, comprendió algo más profundo todavía:
Ella nunca había estado rota.
Solo había vivido demasiado tiempo intentando caber en lugares construidos para personas que necesitaban mirar el mundo más simple de lo que realmente era.
Pero ella no podía.
Porque mientras otros miraban líneas rectas, ella veía sistemas completos.
Mientras otros separaban, ella integraba.
Mientras otros preguntaban “qué pasó”, ella veía: desde dónde venía, hacia dónde iba, cómo se sentía en el cuerpo, y qué otras variables invisibles estaban participando también.
Y por primera vez en mucho tiempo, dejó de pedir perdón por eso.
Entonces ocurrió algo curioso.
La paz dejó de sentirse como una meta espiritual lejana.
Y empezó a sentirse como una cama futura.
Una televisión encendida después de trabajar.
Una Alexa poniendo música bajita.
Un espacio propio donde nadie intentara moverla otra vez.
Y en medio de toda esa nueva calma, pensó en él.
No desde la herida.
No desde el hambre.
No desde la fantasía.
Solo desde una curiosidad suave.
“Qué interesante sería volver a vernos…” pensó.
“Descubrir dónde estamos ahora el uno con respecto del otro.”
Como dos viajeros que después de cruzar desiertos distintos se encuentran otra vez bajo el mismo cielo.
No para salvarse.
No para completarse.
Solo para mirarse con honestidad y reconocer: “Ah… entonces esto es en lo que nos convertimos.”
Y esa idea no le rompió el corazón.
Le dio paz.
Porque por fin comprendió algo que su cuerpo llevaba años intentando decirle:
Ya no necesitaba pelear por un lugar en el mundo.
Porque finalmente… ya estaba empezando a habitarlo.