Quesadillas...
Había una mujer que aprendió muy temprano que algunas ausencias nunca terminan de irse.
No importa cuánto tiempo pase.
No importa cuántos años transcurran entre una canción y otra, entre un recuerdo y el siguiente.
Hay personas que dejan una especie de habitación encendida dentro del cuerpo.
Y aunque la vida siga, aunque el mundo avance, aunque uno ame otras cosas, trabaje, ría, pague cuentas, acomode plantas, críe hijos, aprenda a dormir mejor…
la habitación sigue allí.
A veces silenciosa.
A veces intacta.
La mujer sabía eso desde que su madre murió.
Con el tiempo aprendió a vivir. A respirar. A cocinar. A sostener conversaciones normales mientras la ausencia caminaba a su lado como un fantasma tranquilo.
La gente llamaba a eso sanar.
Pero ella no estaba completamente de acuerdo.
Porque sanar, para ella, implicaba que algo dejaba de doler.
Y aquello no había dejado de doler. Solo había aprendido a no romperla todos los días.
Era distinto.
Más parecido a una cicatriz interna que seguía viva debajo de la piel.
Y un día, muchos años después, mientras subía unas quesadillas por las escaleras, ocurrió algo ridículamente humano.
Una canción vieja comenzó a sonar.
Diego Verdaguer.
De esos artistas que uno no escucha en décadas hasta que el universo decide hacerte una emboscada emocional en la cocina.
La mujer soltó una pequeña risa cansada.
Pero cuando escuchó: “un año no es un siglo y yo volveré”…
algo dentro de ella se quebró.
No de manera dramática.
No como en las películas.
Más bien como una puerta vieja abriéndose lentamente en medio de la noche.
Y entonces pensó en él.
Mike.
Ese hombre que nunca había podido ocupar un lugar real en el mundo visible. No completamente.
No lo suficiente como para hablar de él con libertad. No lo suficiente como para decir: “esta fue mi historia.” No lo suficiente como para nombrar claramente lo que había sido.
Y quizás por eso dolía tanto.
Porque las pérdidas invisibles son extrañas.
No tienen funeral. No tienen ritual. No tienen lenguaje social claro.
Solo viven dentro del cuerpo como algo suspendido.
Como un abrazo que nunca terminó de suceder.
La mujer apoyó las quesadillas un momento y sintió miedo.
Un miedo profundamente humano.
“¿Y si ya no vive?”
Y en ese instante comprendió algo terrible: cuando alguien no ocupa un lugar claro en la vida… tampoco ocupa un lugar claro en la pérdida.
Entonces el corazón queda atrapado entre: la ausencia, la posibilidad, y el tiempo.
Y eso desespera.
Porque no puedes cerrar la puerta. Pero tampoco puedes abrirla completamente.
Por un instante quiso escribir. Buscar. Llamar. Preguntar por él. Confirmar que todavía existía en algún lugar del mundo.
Pero no lo hizo.
Se quedó quieta.
Con el corazón doliendo igual que años atrás.
Y eso fue lo que más la sorprendió.
No la tristeza.
La intensidad intacta.
Como si algunas personas no abandonaran nunca realmente el cuerpo de quien las amó.
La mujer respiró hondo.
Y por primera vez dejó de intentar llamarle “obsesión”, “apego” o “falta de superación”.
Porque ya estaba cansada de convertir el amor en un problema clínico.
A veces una ausencia simplemente permanece.
Como permanece la voz de una madre muerta.
Como permanece el olor de una casa que ya no existe.
Como permanece una canción vieja sonando en la cocina mientras las quesadillas se enfrían lentamente y una parte del alma susurra en silencio:
“Ojalá sigas vivo en algún lugar del mundo.”