Nunca es tarde...

Había una mujer que podía escuchar demasiadas cosas al mismo tiempo.

No con los oídos.
Con el cuerpo.

Escuchaba cuando alguien hablaba desde el miedo aunque sonriera.

Escuchaba cuando una familia completa giraba alrededor del hijo más pequeño.

Escuchaba el calor de la ciudad meterse entre las paredes y alterar el humor de las personas.

Escuchaba la tensión en los hombros antes de que alguien dijera “estoy cansado”.

Y durante muchos años creyó que el problema era ella.

Porque mientras el mundo parecía funcionar con líneas rectas, ella veía sistemas completos moviéndose a la vez: emociones, historias, cuerpos, clima, palabras, silencios, miradas, miedos, patrones, causalidades.

Todo junto.

Entonces aprendió a hacer algo muy humano: reducirse.

No completamente.
Nunca pudo hacerlo del todo.

Pero sí lo suficiente para sobrevivir entre personas que se asustaban cuando ella hablaba desde toda su profundidad e intensidad.

Así pasaron los años.
Hasta que un día comenzó a construir un departamento pequeño.

Y curiosamente, mientras acomodaba mesas, pensaba en líneas Hartmann, en ventilación, en orientación del aire, en el lugar de las plantas, en el cuerpo descansando entre sesiones, en una televisión futura y en la extraña idea de que quizá la paz no era una iluminación cósmica… Quizá también era una cama cómoda.

Eso la hizo reír muchísimo.

Porque por primera vez entendió que habitarse no solo era espiritual. También era corporal.
Era descansar. Era acostarse. Era dejar de sostener. Y a sus fabulosos 55 apenas estaba aprendiendo a habitarse.

Y justo cuando comenzaba a comprender eso, apareció algo pequeño.

Un mensaje.
Nada extraordinario. Nada dramático. Nada romántico.
Solo un hombre amable diciéndole: “Buenos días.”

Y entonces ocurrió algo inesperado.

Su cuerpo se tensó.
La mandíbula se apretó.
La espalda se endureció.
El abdomen se contrajo como si esperara un golpe invisible.

La mujer se quedó quieta.

Porque en ese instante entendió algo terrible y hermoso al mismo tiempo:
Nunca había aprendido realmente a recibir contacto humano sin prepararse para cargar algo después.

Así que hizo lo que llevaba toda la vida haciendo: pensó.
Analizó. Observó. Revisó patrones. Buscó evidencia histórica de vínculos suaves y seguros.

Pero mientras su mente intentaba comprender, su cuerpo seguía inclinado ligeramente hacia la izquierda, protegiéndose.

Entonces, por primera vez en mucho tiempo, en lugar de pelearse consigo misma…

Se abrazó.

Y al hacerlo descubrió otra cosa:
El problema no era que estuviera rota.

El problema era que durante décadas el amor, la atención y la cercanía casi siempre habían venido acompañados de función.

Ser útil. 
Ser fuerte. 
Ser quien entiende. 
Ser quien sostiene. 
Ser quien calma. 
Ser quien traduce el caos del mundo.

Por eso su cuerpo no sabía qué hacer cuando alguien simplemente aparecía sin exigir nada, todavía.

Y allí, entre gasesitos nerviosos, tensión en la espalda y pensamientos interdimensionales, la mujer tuvo una visión tan clara que hasta le dio risa.

“Si un wey random me mueve así… imagínate si apareciera Mike.”

Y aunque el nombre vino acompañado de nostalgia, esta vez no dolió igual.

Porque ya no quería que Mike volviera a salvarla. Ni quería salvarlo ella tampoco.

Solo imaginó algo distinto.

Dos personas encontrándose años después desde cuerpos más seguros.

No para completar heridas. 
No para reparar el pasado. 
No para prometer eternidades imposibles.
Solo para verse realmente.

Y esa idea se sintió tan suave… 

Que por primera vez su cuerpo no respondió con miedo.
Respondió con tristeza bonita.

Como cuando el alma entiende algo tarde… Pero todavía a tiempo para vivirlo diferente.

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