Un día...

Había una mujer que amaba como si el amor fuera una mezcla entre incendio, hogar y portal interdimensional.

Y eso era hermoso.

Pero también una chinga.

Porque cuando ella amaba, no lo hacía a medias. No era de las personas que dicen “ay sí qué lindo” y siguen caminando intactas.

No.
Ella invertía vida.
Tiempo. Sistema nervioso. Pensamientos random mientras hacía quesadillas. Canciones. Capas completas de conciencia.

Y una vez, hace años, conoció a un hombre que parecía entender eso sin asustarse demasiado.

Mike.

No era perfecto. Ni cerca.

A veces era desesperante. A veces demasiado tranquilo. Demasiado capaz de vivir solo el presente. Como si el futuro fuera un animal salvaje al que no debía intentarse encadenar.

Y ella, que sentía el amor como una fuerza que debía encarnarse, construir algo, acercar cuerpos, unir mundos… a veces quería estrangularlo un poquito.

Porque él decía cosas como:
—Solo existe este día.

Y ella por dentro: “Sí, todo muy zen, maestro Yoda emocional… pero VEN Y ABRÁZAME CABRÓN.”

Y sin embargo, cuando él estaba ahí… el tiempo cambiaba raro.

Había ternura. Había profundidad. Había silencio sin vacío. Había una sensación extraña de reconocimiento antiguo. Como si ambos se hubieran encontrado después de vidas enteras caminando por pasillos distintos.

A veces él le decía:
—Haz tu vida. La vida te mostrará quién realmente quiere estar contigo.

Y ella odiaba parcialmente esa frase.

Porque sonaba sabia. Pero también insoportablemente insuficiente.

Ella no quería filosofía en ciertos momentos.

Quería presencia. Quería brazos. Quería que el hombre dejara de hablar como monje cósmico y simplemente se quedara cerca.

Pero él parecía pertenecer un poco al viento.

Y aun así… la amaba.

Ella lo sabía.

Lo peor de todo era eso.

Nunca sintió mentira.

Nunca sintió manipulación vacía.

Sintió a un hombre profundamente humano intentando amar desde las herramientas y la conciencia que tenía, aunque no siempre alcanzaran para construir el tipo de realidad que ella deseaba.

Y eso dolía muchísimo más que un simple abandono.

Porque habría sido más fácil odiarlo.
Más fácil decir: “fue un error.”
Pero no lo fue.

Fue una de las experiencias más profundas de su vida.

Incluso ahora, años después, mientras el mundo seguía girando y ella construía una vida nueva, a veces una canción vieja aparecía en una cocina cualquiera y abría la puerta completa otra vez.

Y entonces lo extrañaba.

No desde adolescencia ridícula. No desde fantasía barata.
Lo extrañaba como se extraña una casa que existió de verdad.

Como se extraña una versión de uno mismo que pudo descansar unos minutos en brazos de alguien y pensar:
“ah… aquí también puedo existir.”
La mujer suspiró.

No intentó resolver el universo. No buscó señales. No pidió promesas imposibles.

Solo aceptó la verdad sencilla y devastadora:
Sí. Todavía lo amaba.

Y sí. Le cagaba que estuvieran separados.

Luego respiró hondo.
Miró la noche.
Y continuó viviendo.

Porque también había aprendido algo importante:
A veces el amor más profundo no termina en posesión.

A veces termina convertido en una presencia silenciosa que acompaña toda la vida.

Y aun así… una parte del alma sigue murmurando de vez en cuando:

“Sí sí, todo muy espiritual… pero igual ojalá un día vuelvas y me abraces, cabrón.”

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