La Puerta Entreabierta

He pensado que puedo soportar casi cualquier verdad.
Una traición.
Un rechazo.
Una despedida.
Una mentira.
Incluso un corazón roto.

Lo que me choca porque no  soporto para nada bien es la incertidumbre.

La incertidumbre tiene una forma muy particular de devorarme.
No llega de golpe.
No grita.
No destruye.
Simplemente se sienta en una esquina de mi mente y comienza a hacer preguntas.
Y después otra.
Y después otra.
Y después cien más.

Hasta que de pronto me descubro construyendo teorías, hipótesis, mapas, explicaciones y caminos posibles para entender aquello que no logro comprender.

Es una bendición cuando trabajo.
Y una pesadilla cuando amo.

Porque cuando amo quiero conocer al ser humano que tengo enfrente.

No la máscara.
No el personaje.
No la versión políticamente correcta.
Quiero conocer a la persona real.
La que ríe.
La que llora.
La que se contradice.
La que tiene miedo.
La que desea.
La que duda.
La que se equivoca.

Y quizá por eso terminé amando tanto a aquel hombre. Al Mike.

Porque detrás de todo lo demás había un ser humano profundamente interesante.

Y también profundamente triste.

Al menos así lo veía yo.

Lo observaba sufrir.
Y mientras más lo observaba, menos entendía.

Su razón parecía decir sí.
Su corazón parecía decir sí.
Su cuerpo definitivamente decía sí.
Su mirada decía sí.
Sus palabras muchas veces también decían sí.

Y sin embargo su vida seguía diciendo no.

Y aquello me volvía loca.

No porque necesitara que hiciera lo que yo quería. Neta.

Sino porque no lograba entender qué era aquello que estaba viendo que no podía nombrar.

Yo le ofrecía opciones.
Todas las opciones que podía imaginar.

¿No quieres vivir conmigo?
Está bien.

¿Quieres seguir teniendo tu propio espacio?
Está bien.

¿Quieres que cada quien tenga su casa?
Está bien.

¿Quieres una relación diferente?
Está bien.

¿No quieres casarte?
Está bien.

¿No quieres mudarte?
Está bien.

¿Hay algo que no me estás diciendo? Dilo. También está bien.

Sólo dime.

Porque para mí su verdad siempre ha sido menos aterradora que su misterio.

Y mientras yo buscaba respuestas, él parecía buscar tiempo.

Yo quería claridad.
Él parecía necesitar espacio.

Yo quería entender.
Él parecía necesitar silencio.

Y entre ambos se fue construyendo una trampa invisible.

Porque cuanto más confundida me sentía, más preguntas hacía.
Y cuanto más preguntas hacía, más parecía cerrarse él.

Entonces yo preguntaba más. Y asumía más.
Y él... Se cerraba más.

Y así comenzamos a lastimarnos.

Porque aunque durante mucho tiempo me conté la historia de que yo sólo quería comprenderlo, la verdad es que también había momentos en que me volvía insoportable.

Lo sé.

Yo sentía la angustia creciendo dentro de mí.
La incertidumbre me consumía.
Y entonces aparecía esa necesidad casi desesperada de saber.

De entender.
De encontrar la pieza faltante.
De descubrir qué era aquello que estaba deteniendo una vida que parecía querer moverse en una dirección (hacia mi) mientras caminaba en otra.

Y sí.
Lo presionaba.
Aunque él dijera que no.
Aunque intentaba protegerme de esa idea.
Yo sabía que había presión.

Porque cuando alguien que amas te mira a los ojos y te pregunta una y otra vez qué está pasando, eso también pesa.

Eso también duele.
Eso también cansa.

Y aun así no podía detenerme.
Porque sentía que me estaba ahogando.

Era como intentar abrazar a alguien que estaba allí y no estaba allí.

Como tomar una mano que desaparecía justo cuando creía haberla alcanzado.

Como vivir frente a una puerta entreabierta.
Una puerta que nunca terminaba de abrirse.

Y que tampoco terminaba de cerrarse.

Y entonces un día comprendí algo que me rompió el corazón.

Tal vez yo no era la persona que podía ayudarlo a resolver aquello que lo estaba deteniendo.

Tal vez mi amor no podía hacerlo.
Tal vez mis preguntas no podían hacerlo.
Tal vez mis soluciones tampoco.

Y tal vez mi presencia estaba convirtiéndose en una presión más dentro de una vida que ya parecía estar cargando demasiadas cosas.

Así que hice lo único que me quedaba por hacer.

Me fui.

No porque hubiera dejado de amarlo.
No porque estuviera enojada.
No porque quisiera castigarlo.

Me fui porque comenzaba a comprender que mi necesidad de claridad estaba chocando contra un dolor que él no podía o no quería nombrar.

Y porque cada día que permanecía allí ambos sufríamos un poco más.

Yo por no entender.
Él por no poder responder.

(...)

Y años después de dejar de verlo soñé una casa sostenida por enormes columnas antiguas.

Y lo vi entrar.

Y no tuve preguntas.
No tuve teorías.
No tuve necesidad de resolver ningún misterio.
Sólo sentí alegría.

Una alegría tan sencilla que me hizo llorar al despertar.

Porque entendí algo que no había entendido.

A veces no dejamos ir a las personas porque dejan de importarnos.

Las dejamos ir porque seguir sosteniendo la forma en que estábamos juntos nos estaba rompiendo a ambos.

Y aun así... Sé que si algún día volviera a verlo caminar hacia mí, todavía me daría y me da una inmensa felicidad imaginar verlo aparecer. Y que sucediera sería o será... WOW ahí estás mylove 

No porque espere respuestas.
No porque necesite explicaciones.
No porque el pasado desaparezca.

Sino porque detrás de todos los silencios, de todas las preguntas y de todas las puertas que nunca terminaron de abrirse...

Para mí sigue existiendo un ser humano cuya compañía hizo mi vida más hermosa. Y lo amo.

Y eso sigue siendo verdad.

Entradas más populares de este blog

El amor

A dónde sea que vayas

Irracional irrazonable