Para tí: Mike. Mylove.
Hay personas que llegan a nuestra vida para enseñarnos algo.
Y hay personas que llegan para convertirse en parte de ella.
No sé exactamente cuándo ocurrió.
No sé si fue una conversación.
Una mirada.
Una risa.
Un momento cualquiera de esos que parecen insignificantes mientras suceden y que años después descubres que cambiaron el curso completo de tu existencia.
Lo único que sé es que cuando pienso en ti no pienso en una historia terminada.
Pienso en una presencia.
Pienso en un hombre real.
Y pienso en la enorme fortuna que significa conocerte.
Hoy fue uno de esos días donde la vida me recordó muchas cosas.
Comenzó como comienzan la mayoría de mis días.
Con personas.
Con historias.
Con preguntas.
Con emociones.
Con rompecabezas.
Siempre me han gustado los rompecabezas humanos.
No porque quiera arreglar a nadie.
No porque me sienta responsable de salvar a otros.
Simplemente porque me fascina observar. Y por fin aprendí que eso es lo que realmente amo de mi.
Me fascina descubrir cómo encajan las piezas.
Cómo una emoción se conecta con una historia.
Cómo una historia se conecta con una creencia.
Cómo una creencia termina moldeando una vida completa.
A veces siento que soy una niña jugando.
Una niña que nunca dejó de maravillarse.
Una niña que sigue levantando piedras para ver qué hay debajo.
Una niña que sigue preguntando:
"¿Y si miramos un poco más profundo?"
Y lo curioso es que mientras más profundo miro, más hermosa me parece la vida.
No más sencilla.
No más fácil.
Más hermosa.
Porque la vida no me parece un problema que resolver.
Me parece un misterio que explorar.
Y quizá por eso me enamoré de ti.
Porque tú también sabías mirar.
Porque hubo momentos en los que nos encontrábamos en un lugar extraño donde el mundo parecía detenerse.
No porque el tiempo desapareciera.
No porque los problemas dejaran de existir.
Sino porque durante un instante ambos estábamos completamente allí.
Presentes.
Vivos.
Despiertos.
Compartiendo el mismo pedazo de realidad.
Y para mí eso siempre fue uno de los actos de amor más profundos que existen.
No necesito que alguien me dedique todo su tiempo.
Nunca lo necesité.
No necesito que alguien viva pegado a mí.
Nunca lo quise.
La verdad es mucho más sencilla.
Cuando estoy contigo quiero estar contigo.
Y cuando tú estás conmigo quiero sentir que también estás aquí.
No en el pasado.
No en el futuro.
No en la lista de pendientes.
No en los problemas de mañana.
Aquí.
Ahora.
En ese café.
En esa conversación.
En esa película.
En esta caminata.
En esta vida.
Porque la vida ocurre aquí.
Siempre aquí.
Y sí.
A veces te perdía.
Aparecía el reloj.
Aparecía el trabajo.
Aparecían las preocupaciones.
Y yo sentía cómo una parte de ti comenzaba a alejarse.
Nunca odié el reloj.
Nunca odié tu trabajo.
Nunca odié tus responsabilidades.
Lo que me dolía era sentir que te estaba perdiendo mientras todavía estabas acostado junto a mí.
Y aun así hay algo importante que necesito decir.
Nunca quise que fueras como yo.
De hecho me encantaba que no lo fueras.
Yo soy rápida.
Intensa.
Curiosa.
Impaciente algunas veces.
Capaz de recorrer veinte ideas antes de terminar una frase.
Tú eras distinto.
Más pausado.
Más tranquilo.
Más sereno.
Más estable.
Y me gustaba.
Me gustaba muchísimo.
Me sigue gustando.
Nunca necesité que caminaras a mi velocidad.
Lo único que deseaba era sentir que caminábamos por el mismo sendero.
Porque hubo momentos donde yo podía ver que estabas cargando algo enorme.
Algo pesado.
Algo que te estaba lastimando.
Y mi impulso natural era acercarme.
No para rescatarte.
No para arreglarte.
No para corregirte.
No para salvarte.
Simplemente para ayudarte a sostener una esquina de ese peso.
Porque te amaba. Porque te amo.
Y porque cuando amo me gusta compartir las cargas junto a las alegrías.
Pero muchas veces no me dejabas entrar.
Y ésa fue una de las cosas más difíciles para mí.
Porque podía verte.
Podía ver tu cansancio.
Podía ver tus preocupaciones.
Podía ver tus luchas.
Y al mismo tiempo veía cómo levantabas una puerta entre nosotros.
No porque no me amaras.
Nunca sentí eso.
No porque no quisieras estar conmigo.
Nunca sentí eso tampoco.
Simplemente había lugares a los que no me permitías llegar.
Y ahí aparecía una contradicción imposible.
Porque yo sabía que me amabas.
Y también sabía que había partes de ti que seguías intentando cargar solo.
Y ambas cosas eran verdad al mismo tiempo.
Durante mucho tiempo me pregunté si podría haber hecho algo distinto.
Si podría haber explicado mejor.
Si podría haber esperado más.
Si podría haber insistido menos.
Si podría haber encontrado una forma diferente de llegar hasta ti.
Con los años comprendí algo.
El amor no siempre fracasa por falta de amor.
A veces dos personas se aman profundamente y aun así no logran encontrarse por completo.
Y eso duele.
Duele muchísimo.
Porque no hay villanos.
No hay culpables.
No hay una historia simple que contar.
Sólo hay dos seres humanos haciendo lo mejor que pueden con lo que tienen.
Y aun así lastimándose sin querer.
Hay algo que me importa dejar escrito.
Algo que quizá nunca leas.
Algo que quizá nunca necesites leer.
Pero que necesito reconocer porque es verdad:
No me alejé porque dejara de amarte.
No me alejé porque dejara de admirarte.
No me alejé porque dejara de ver tu belleza.
Me alejé porque había partes de mí que estaban desapareciendo.
Porque estaba cansada.
Porque estaba rota.
Porque me estaba perdiendo.
Pero jamás porque tú dejaras de ser importante.
Jamás porque tú dejaras de ser tú.
Y me duele pensar que alguna vez hayas podido creer otra cosa.
Porque si hay una verdad que ha permanecido intacta todos estos años es ésta:
Sigues siendo para mí el ser humano más maravilloso que he conocido.
Lo sigues siendo.
Hoy.
Aquí.
Después de todo.
No hablo de perfección.
Nunca necesité perfección.
Hablo de tu ternura.
De tu inteligencia.
De tu sensibilidad.
De tu humor.
De tu forma de mirar el mundo.
De tu capacidad de hacerme sentir acompañada.
De la profundidad que existía cuando lograbas olvidar el reloj.
De la belleza que sigo viendo cuando pienso en ti.
Y sí.
Todavía te amo.
Ya no peleo con esa verdad.
Ya no intento corregirla.
Ya no intento transformarla en algo más aceptable.
Simplemente la observo.
Como observo tantas otras cosas en la vida.
Y sonrío.
Porque amar a alguien no siempre significa poseerlo.
No siempre significa compartir la misma casa.
No siempre significa construir el mismo futuro.
A veces significa agradecer que existe.
Agradecer que existió un momento en el universo nuestros se encontraron.
Y reconocer que nuestra vida es mejor porque ocurrió.
No sé dónde estás.
No sé qué piensas.
No sé qué historia cuentas sobre nosotros.
No sé si alguna vez volveré a escucharte.
Pero sí sé algo.
Si mañana tocaras la puerta de mi vida encontrarías exactamente lo mismo que encontraste la primera vez.
Cariño.
Respeto.
Ternura.
Curiosidad.
Y una inmensa alegría de saber que sigues existiendo.
Porque después de todos estos años sigo viendo al hombre que conocí.
No una fantasía.
No un recuerdo.
No una idea.
A ti.
Y mientras escribo estas palabras siento la misma certeza que me acompaña cuando observo la lluvia caer, cuando escucho reír a mis hijos o cuando descubro una nueva pieza en algún rompecabezas humano.
La vida sigue siendo extraordinaria.
Extraordinariamente compleja.
Extraordinariamente dolorosa algunas veces.
Extraordinariamente hermosa casi siempre.
Y yo sigo aquí.
Observando.
Descubriendo.
Aprendiendo.
Viviendo.
Asombrándome.
Y amándote.
No porque no pueda hacer otra cosa.
Sino porque ésta sigue siendo una de las verdades más honestas que habitan mi corazón.
Y porque algunas verdades no necesitan resolverse.
Sólo necesitan ser dichas.