El Lugar Donde Siguen Viviendo las Posibilidades

Hay personas que llegan a nuestra vida como una pregunta.

No como una respuesta.
No como una certeza.
No como un destino escrito en piedra.

Como una pregunta.

Y las preguntas más hermosas tienen la mala costumbre de quedarse a vivir dentro de nosotros.

Ella lo supo desde el principio.
No el primer día.
Ni la primera semana.

Pero sí mucho antes de que cualquiera de los dos estuviera dispuesto a admitirlo.

Había algo extraño entre ellos.

Algo que no terminaba de caber en ninguna definición.

Porque podían hablar durante horas.
Y también podían permanecer en silencio.

Podían perderse en una conversación absurda.
Y terminar hablando del sentido de la existencia sin saber exactamente en qué momento había ocurrido.

Era como caminar por un bosque donde los senderos cambiaban de lugar mientras avanzabas.
Y a ella le encantaban los bosques.

Especialmente aquellos donde todavía quedaban cosas por descubrir.
Lo curioso era que él también parecía disfrutarlo.

Por eso durante mucho tiempo ella pensó que caminaban hacia el mismo sitio.

No porque fueran iguales.
Nunca fueron iguales.
Gracias a Dios.

La perfección siempre le había parecido aburrida.
No.
Lo que compartían era otra cosa.

Una especie de fascinación mutua.

Como si ambos reconocieran algo familiar en el otro.
Algo antiguo.
Algo difícil de nombrar.
A veces ella tenía la sensación de que podían pasar diez vidas enteras hablando.

Y que aun así quedarían preguntas sin responder.
Y lejos de asustarla, esa idea le parecía maravillosa.

Porque ella jamás había querido poseer el universo.
Sólo explorarlo.

Y él era uno de esos lugares del mundo que parecía expandirse cada vez que ella creía haber llegado al borde.

Los años pasaron.
Y con ellos llegaron las risas.
Las conversaciones.
Los encuentros y desencuentros.
Las coincidencias imposibles.
Los momentos donde parecía que todo encajaba.
Y los momentos donde parecía que hablaban idiomas distintos.

Porque también estaba eso.

La sensación de que a veces los dos observaban el mismo paisaje y veían cosas completamente diferentes.

Ella observaba una puerta abierta.
Él observaba el camino que conducía a la puerta.

Ella observaba una casa.
Él observaba las montañas detrás de la casa.

Ella observaba el presente.
Él observaba algo que todavía estaba ocurriendo dentro de sí mismo.

Y aun así seguían encontrándose.
Una y otra vez.

Como hacen los ríos que desaparecen bajo tierra y reaparecen kilómetros después.

Hubo días en que ella creyó comprenderlo completamente.
Y días en que le parecía un misterio absoluto.
Hubo días en que quiso abrazarlo.
Y días en que quiso sacudirlo por los hombros.

Hubo días en que pensó:
"Claro que me entiende."
Y otros donde pensó:
"Este hombre va a hacer que me salgan canas nuevas."

Pero incluso eso tenía algo de ternura.
Porque nunca fue una historia simple.
Las historias simples rara vez permanecen.

Son las complejas las que regresan a visitarnos años después.

Las que aparecen de pronto en una canción.
En una calle.
En una fotografía olvidada.
En una tarde cualquiera.

No porque duelan.
Sino porque siguen respirando.
Y ella era una mujer que conocía muy bien la diferencia.
Conocía el dolor.
Conocía la pérdida.
Conocía los finales.

Lo que sentía por él no se parecía a ninguna de esas cosas.

Se parecía más a un libro que alguien dejó abierto sobre una mesa.
Un libro que no estaba terminado.
Un libro que tampoco estaba siendo leído.

Simplemente permanecía allí.
Esperando.
Quizá por eso nunca logró odiarlo.
Ni siquiera cuando estaba enojada.
Ni siquiera cuando estaba cansada.
Ni siquiera cuando sentía ganas de gritarle:

—¡Por Dios, hombre! ¡Mira lo que tienes enfrente!

Porque debajo del enojo seguía existiendo algo más.
Algo que el tiempo no conseguía borrar.

No era esperanza exactamente.
No era nostalgia.
No era resignación.

Era posibilidad.

Y la posibilidad es una criatura extraña.
Puede dormir durante años.
Puede desaparecer durante estaciones enteras.
Puede parecer muerta.
Y sin embargo seguir allí.

Respirando despacio.

Esperando.

A veces ella imaginaba futuros imposibles.
No porque no creyera que iban a ocurrir.

Simplemente porque le gustaba hacerlo.
Era romántica.
Terriblemente romántica.

Lo suficiente para seguir mirando las estrellas.
Lo suficiente para seguir creyendo en las coincidencias.
Lo suficiente para sospechar que la vida todavía guarda sorpresas incluso cuando uno cree haberlo visto todo.

Y sonreía.

Porque la verdad era que no sabía nada.
No sabía si volverían a verse.
No sabía si volverían a encontrarse.
No sabía si el tiempo los acercaría o los alejaría todavía más.
No sabía qué estaba escribiendo la vida mientras ella dormía.

Y por primera vez en mucho tiempo descubrió que estaba bien no saberlo.
Porque algunas historias pierden su magia cuando intentamos encerrarlas dentro de una respuesta.

Hay amores que viven mejor como una pregunta.
No porque sean incompletos.

Sino porque son demasiado grandes para caber en una conclusión.

Así que siguió caminando.
Siguió riendo.
Siguió construyendo.

Siguió enamorándose de la vida una y otra vez.

Y de vez en cuando, cuando el mundo estaba particularmente silencioso, pensaba en él.

Pensaba en las montañas.
Pensaba en los caminos.
Pensaba en todas las versiones de la historia que nunca llegaron a existir.
Y en todas las que todavía podrían existir.

Entonces levantaba la vista hacia el horizonte.
Y sonreía.

Porque el misterio seguía vivo.

Y mientras el misterio siga vivo, también lo hacen las posibilidades.

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