Día del Padre

Hoy es Día del Padre.

Y como cada año, me encontré haciendo lo que hacemos muchas personas cuando llegan ciertas fechas: repasando ausencias.

Ya felicité a Joel.
Ya felicité a varios amigos que son papás.
Ya vi fotografías.
Ya leí mensajes bonitos.
Ya vi publicaciones hablando de la importancia de la figura paterna.

Y sin embargo, en algún punto del día apareció él.

Mi papá.

No con una imagen clara.
No con una escena específica.
No con una memoria particularmente importante.

Apareció como aparecen algunas personas cuando llevan tiempo viviendo dentro de nosotros: como una sensación.

Y me encontré pensando en algo que me dijeron después de que murió.

"Tu papá hablaba mucho de ti."
"Tu papá estaba orgulloso de ti."
"Tu papá te quería muchísimo."

Recuerdo perfectamente la sensación.

No fue alivio.
No fue felicidad.
No fue tristeza.
Fue desconcierto.

Un profundo desconcierto.

Porque mientras escuchaba aquellas frases, una parte de mí pensaba:

¿En serio?
¿Dónde?
¿Cuándo?
¿Por qué me estoy enterando hasta ahora?

Y entonces sentí culpa.

Porque parece horrible decir algo así de alguien que ya no está.
Parece que uno debería sonreír, agradecer y sentirse afortunado.

Pero la verdad es que lo primero que pensé fue:
Qué bueno que se los dijo a ustedes.
Porque a mí no me llegó.

Y esa frase me acompañó durante años.

Porque no estoy diciendo que mi padre no me amara.
Nunca he dicho eso.

De hecho, conforme he crecido, cada vez me resulta más evidente que probablemente sí me amaba.

A su manera.
Con las herramientas que tenía.
Con la historia que le tocó vivir.
Con las limitaciones que arrastraba.

Lo que pasa es que una cosa es amar.
Y otra muy distinta es lograr que el amor llegue.

Y creo que ahí es donde muchas historias humanas se rompen.

Nos enseñaron que el amor existe o no existe.

Pero nadie nos enseñó que puede existir y aun así perderse en el camino.

Que puede ser verdadero y aun así no sentirse.
Que puede ser profundo y aun así no tocar el corazón de la persona para quien estaba destinado.

Hoy pienso en mi padre y siento ternura.

Pero también siento una pequeña gran tristeza.

Porque me habría gustado saberlo cuando todavía podía escucharlo de su propia voz.

Me habría gustado verlo.
Me habría gustado sentirlo.
Me habría gustado no tener que enterarme por terceros.
Me habría gustado que el amor encontrara el camino.

Y mientras pensaba en eso apareció inevitablemente otro nombre.

Mike.

Porque la vida tiene una forma extraña de mostrarnos los mismos temas con diferentes rostros.

No estoy diciendo que Mike sea mi padre.
Por supuesto que no.

Pero sí estoy diciendo que existe una pregunta parecida.
Una pregunta que me ha acompañado durante mucho tiempo.
La pregunta de la distancia.
La distancia entre lo que alguien siente y lo que el otro recibe.

Durante mucho tiempo pensé que si dos personas se querían lo suficiente, todo lo demás se acomodaría.
Hoy sé que no.

Hoy sé que hay personas que se quieren profundamente y aun así se pierden.
Hay personas que se aman y aun así no logran encontrarse.
Hay personas que piensan la una en la otra durante años y aun así viven vidas separadas.

Porque el amor no siempre resuelve la comunicación.
No siempre resuelve los tiempos.
No siempre resuelve los miedos.
No siempre resuelve las heridas.

Y tampoco resuelve algo que para mí se ha vuelto cada vez más importante con el paso de los años:

La capacidad de hacer que el otro se sienta amado.

Porque una cosa es sentir amor.
Y otra es expresarlo de una manera que el otro pueda recibir.

A veces pienso que los seres humanos vivimos dentro de una enorme Torre de Babel emocional.

Todos hablamos.
Todos sentimos.
Todos suponemos.
Todos interpretamos.

Y aun así pocas veces nos entendemos por completo.

Uno dice: "Te amo."
Y el otro escucha: " Ajá ¿Y dónde estás?"

Uno piensa: "Estoy orgulloso de ti." Y nunca sé lo dice.

Uno extraña. Pero no llama.

Uno admira. Pero no expresa.

Uno agradece. Pero lo guarda para después.

Y así vamos dejando pequeñas piezas de amor regadas por todas partes esperando que alguien las encuentre.
Como si el simple hecho de sentirlas fuera suficiente.

Tal vez por eso hoy me hizo tanto sentido aquella frase que tantas veces escuché:

"En vida, hermano, en vida."

Porque de pronto entendí algo.

No basta con amar.
No basta con sentir.
No basta con pensar cosas hermosas sobre alguien.
Hay veces que el amor necesita hacerse visible.
Necesita tomar forma.
Necesita encontrar palabras.
Necesita hacerse presente.

Porque después es demasiado tarde.

Y cuando digo demasiado tarde no hablo solamente de la muerte.

A veces la distancia también es demasiado tarde.
A veces el orgullo es demasiado tarde.
A veces el miedo es demasiado tarde.
A veces la costumbre es demasiado tarde.

A veces simplemente dejamos pasar tantos años que cuando volteamos a ver ya no sabemos cómo acercarnos. (Y en realidad no es tan difícil solo que nos aterra que nos bateen)

Y entonces me encuentro pensando en algo más.
Algo que me ha acompañado mucho este último tiempo.

Durante años expliqué todo.
Todo.
Mis emociones.
Mis decisiones.
Mis silencios.
Mis cambios de opinión.
Mis tristezas.
Mis alegrías.
Mis procesos.
Todo.

Siempre había una explicación.
Siempre había contexto.
Siempre había una razón.
Como si mi existencia necesitara ser justificada permanentemente.
Y poco a poco me fui cansando.

Profundamente cansando.

Hasta que un día me di cuenta de algo.

No vine al mundo a justificar mi existencia.
No vine al mundo a tranquilizar la imaginación de los demás.
No vine al mundo a explicar cada pensamiento que cruza mi cabeza.

Y curiosamente, mientras más dejo de explicarme, más incómodas parecen sentirse algunas personas.

Porque se acostumbraron a recibir el reporte completo.
Se acostumbraron al expediente.
Se acostumbraron al mapa.

Y cuando sólo reciben una frase corta, una respuesta simple o un silencio, empiezan a llenar los espacios vacíos con sus propias historias. Y eso me recuerda a ti.

Y ahí descubrí algo importante.
No soy responsable de las historias que otros inventan.
No soy responsable de las conclusiones a las que llegan cuando deciden no preguntar.
No soy responsable de la película que proyectan sobre mí.

Y sin embargo, sí soy responsable de algo. Y también  tu eres responsable mylove.

Soy responsable de expresar  lo que para mí es importante mientras todavía estoy aquí. Pero más aún saber que a quien se lo dije de verdad lo sintió.

Porque después de todo lo que he vivido, después de todos los encuentros y desencuentros, después de todas las personas que han llegado y se han ido, después de todas las historias que terminaron distinto a como yo imaginaba, hay una certeza que cada vez se vuelve más fuerte.

El amor no debería ser un acertijo.
No debería ser una investigación.
No debería ser una teoría.
No debería ser una suposición.
Debería ser algo que llega.
Algo que toca.
Algo que se siente.
No perfecto.
No espectacular.
No cinematográfico.

Simplemente real.

Porque al final de todo, cuando desaparecen los discursos, las teorías, las heridas, los miedos y los personajes, queda una pregunta muy simple:

¿Lograste hacerle llegar tu amor a las personas que amabas?

No si tú lo sentiste,  lo pensaste, lo guardaste, lo entendiste.

Si lograste hacerlo llegar.

Hoy no tengo todas las respuestas. La neta creo que me falta mucho por aprender.

Todavía extraño a mi padre.
Todavía extraño, pienso y siento lo que siento por y para Mike.

Todavía me sorprendo observando las formas extrañas en que los seres humanos intentamos acercarnos unos a otros.

Pero hay algo que sí sé.

Si alguna vez alguien habla de mí cuando yo ya no esté, me gustaría que pudiera decir algo más que "ella te quería mucho".

Me gustaría que pudieran decir:

"Lo supe lo sentí me lo mostró a cada momento." Y no se queden en hubieras, ojalas y lloren, por lo que no fue...

Porque al final de eso se trata.
No solamente de amar.
Sino de que el amor y la vida encuentren el camino de regreso a casa.

Entradas más populares de este blog

El amor

A dónde sea que vayas

Irracional irrazonable