Familiaridad
Había una mujer que durante mucho tiempo creyó que su cuerpo siempre sabía exactamente a dónde ir.
Y en parte era verdad.
Porque no se entregaba a cualquiera. No caminaba por la vida enamorándose de cada mirada bonita o de cada hombre que le prestaba atención.
Su cuerpo elegía.
Siempre había elegido.
El problema era que apenas comenzaba a entender DESDE DÓNDE elegía.
Y eso lo cambió todo.
Porque un día, después de suficientes años, suficientes relaciones, suficientes despedidas y suficientes conversaciones con el techo mientras el ventilador de Tuxtla intentaba inútilmente combatir el calor del universo… la mujer comprendió algo incómodo:
Muchas veces su cuerpo no estaba diciendo: “esto es sano.”
Estaba diciendo: “esto es familiar.”
Y esa diferencia era gigantesca.
Porque de pronto pudo mirar ciertas historias importantes de su vida y notar el hilo invisible que las conectaba.
Distintos hombres. Distintas épocas. Distintas heridas. Distintas formas de amar.
Y aun así…
Había algo reconocible allí.
Algo que su sistema entendía profundamente.
Como si todos fueran versiones distintas de una misma canción emocional que había aprendido desde mucho antes de saber ponerle palabras a las cosas.
La mujer no se sintió tonta al descubrirlo.
Tampoco se sintió rota.
Más bien se sintió cansada.
Porque de pronto entendió por qué ciertas conexiones habían sido tan difíciles de soltar: no solo eran amor, también eran hogar psicológico.
Aunque ese hogar a veces doliera.
Aunque estuviera lleno de ausencias. Aunque la hiciera esperar demasiado. Aunque nunca terminara de construirse por completo en la realidad.
Entonces comprendió otra cosa aún más importante:
Ya no quería buscar un padre disfrazado de pareja.
Y honestamente… esa realización le acomodó el alma raro.
Porque no estaba buscando rescate. Ni aprobación. Ni alguien que le dijera quién era. Ni alguien que cargara su existencia.
Ya no.
Ahora deseaba algo muchísimo más difícil: un igual.
Alguien capaz de caminar junto a ella sin intentar convertirse en dueño, maestro, salvador ni centro gravitacional de su vida.
Y sí… una parte profundamente romántica y absurdamente humana todavía deseaba que Mike pudiera convertirse en eso.
No porque quisiera salvarlo.
Ni porque creyera que el amor todo lo arregla.
Sino porque había visto algo real en él. Algo profundamente vivo. Algo que sentía capaz de evolucionar hacia sí mismo mucho más profundo y menos cínico, más emocionalmente disponible, como cuando era niño.
Y put* madre… eso era muy difícil de olvidar.
La mujer suspiró.
Luego se rió sola.
Porque mientras el internet seguía lleno de frases simplonas sobre: ✨ “go all in” ✨ “the universe meets you fully” ✨ “quantum leaps”
ella sabía algo muchísimo más humano:
La vida no florece solo porque alguien quiera muy fuerte.
La tierra tiene que estar lista. La semilla también. El clima. El tiempo. La capacidad real de sostener vida.
Y a veces incluso dos personas que sí se aman profundamente simplemente no logran coincidir en la misma etapa del crecimiento.
Eso no vuelve falso el amor.
Solo vuelve humana la historia.
La mujer tomó agua.
Ignoró otro post espiritual escrito por alguien que claramente jamás había esperado siete años por nadie.
Y siguió viviendo.
Más consciente. Más cautelosa. Más libre.
No cerrada al amor.
Solo menos dispuesta a confundir familiaridad con destino.
Y honestamente…
eso también era una forma de evolución.