Advertencias antes de opinar sobre Mike y Blanca
Si llegaste aquí pensando que ésta es la historia de una mujer que no supera a un hombre, probablemente éste no sea el lugar correcto para ti.
No porque estés equivocado.
Sino porque estás viendo una película distinta.
Mike no es importante para mí porque haya sido perfecto.
No lo es.
Ni porque sea el hombre más guapo.
Ni el más exitoso.
Ni el más inteligente.
Ni porque haya resuelto mi vida.
Si intentas entenderlo comparándolo con otros hombres, tampoco lo vas a comprender.
Porque el valor que tiene para mí no está en una lista de cualidades.
Está en una experiencia.
Hay personas que llegan a tu vida a los treinta.
A los cuarenta.
A los cincuenta.
Yo tuve la fortuna —y también la enorme complicación— de conocer a la misma persona desde los seis años.
Eso significa que una parte de mi cerebro nunca aprendió a vivir sin que él existiera en el mundo.
No porque dependiera de él.
Sino porque aprendimos a mirar el mundo juntos.
Cuando yo veía algo curioso, no tenía que convencerlo de que valía la pena mirar.
Él simplemente miraba conmigo.
Y yo hacía exactamente lo mismo con él.
Con el tiempo llegaron los estudios, los trabajos, las parejas, los hijos, las ciudades distintas y las responsabilidades.
Pero hubo algo que nunca desapareció.
Cuando ocurría algo que despertaba mi asombro, mi primer impulso seguía siendo:
"Mike, mira."
Eso no significa que me haya quedado atrapada en el pasado.
Significa que mi forma de amar siempre ocurre en presente.
No colecciono recuerdos.
Comparto instantes.
Y él es la persona con la que más instantes compartí a lo largo de mi vida.
Y por eso siento tan difícil que algún día otra persona pudiera ocupar un lugar parecido, porque nadie puede reemplazar a Mike.
Y si alguien llegara a ser así de importante como él.
Sería porque, por alguna razón extraordinaria, también pueda entrar a ese presente conmigo.
No busco a nadie. Solo te estoy diciendo lo que siento.
Estoy hablando de un idioma.
Un idioma en el que dos personas pueden detenerse a mirar un cotorrito, dos moscas chocando contra una ventana o el peso de un cuerpo sobre una cama... sin preguntarse para qué sirve.
Si nunca has vivido algo así, probablemente esto te parezca exagerado.
Y está bien.
Yo tampoco podría explicar el sabor de un mango a alguien que nunca ha probado uno.
No porque sea incapaz de describirlo.
Sino porque hay experiencias que sólo existen cuando alguien las vive.
Ésta es una de ellas.
Y si después de leer todo esto sigues pensando que "sólo es un hombre"...
También está bien.
Porque yo nunca estuve hablando solamente de un hombre.
Estuve hablando de la forma en que dos vidas aprendieron a mirar el mundo juntas desde que tenían seis años.
Y eso...
No cabe en una explicación.
Sólo cabe en una vida.