Mike de Schrödinger

Hay personas que existen en un lugar muy extraño.
No están.
Pero tampoco se han ido.
No forman parte de tu vida cotidiana. No desayunan contigo. No llegan por la noche. No te mandan un mensaje diario preguntándote cómo amaneciste.
Y, sin embargo...
Siguen habitando un rincón de tu existencia con una fuerza que resulta difícil explicar.
Así que decidí bautizar ese fenómeno con un nombre completamente científico y absolutamente ridículo:
Mike de Schrödinger.
Porque mientras la caja siga cerrada, Mike está y no está al mismo tiempo.
Hay días en los que quisiera comprar un boleto de avión a la Ciudad de México.
Llegar.
Subirme a un Didi.
Luego al Metro.
Luego a otro Didi.
Y empezar a recorrer Liverpool por Liverpool hasta encontrarlo.
No para reclamarle.
Ni para hacer un drama digno de telenovela.
Si después de todo ese recorrido por fin apareciera enfrente de mí, probablemente lo primero que le diría sería:
—¿Qué pedo? ¿Ya acabaste o todavía te doy más tiempo? ¿Sigues arreglando tu vida?
Y seguramente después me reiría.
Tal vez lo abrazaría.
Tal vez lo besaría.
Tal vez lo mandaría a la chingada por hacerme esperar tanto.
O tal vez haría las tres cosas en ese orden.
La verdad es que no tengo idea.
Y justamente por eso sigue siendo Mike de Schrödinger.
Porque mientras esa conversación nunca ocurra, todas esas posibilidades siguen existiendo al mismo tiempo.
Y hay otros días en los que pienso:
"Ya... suéltalo por completo."
Y esa opción también tiene sentido.
Lo curioso es que ninguna de las dos termina de ocurrir.
Así que vivo en este espacio liminal donde ambas posibilidades existen a la vez.
Como buen Mike de Schrödinger.
Hoy entendí algo que llevaba años intentando explicar.
No extraño únicamente al hombre.
Extraño la consideración.
No los grandes gestos.
No las promesas.
No las declaraciones.
Extraño que alguien viviera la vida junto conmigo.
Que una canción le hiciera pensar en mí.
Que notara cuando mi forma de escribir cambiaba.
Que preguntara:
"¿Qué tienes, bonita?"
No porque yo estuviera rota.
Sino porque me veía.
Y cuando alguien realmente te ve, no necesita un manual para darse cuenta de que hoy estás diferente.
Hoy también comprendí otra cosa.
Yo hago eso con muchísima gente.
Lo hago con mis pacientes.
Con mis hijos.
Con mis amigos.
Veo cuando algo cambió.
Cuando la respiración ya no es igual.
Cuando la mirada pesa distinto.
Cuando una palabra sustituye a otra.
Y entonces acompaño.
No porque tenga que hacerlo.
Sino porque me nace.
Pero también descubrí algo incómodo.
Cansa.
No acompañar.
Eso jamás me ha pesado.
Lo que cansa es que pocas veces alguien haga el camino de regreso.
Que alguien piense:
"Oye... ¿y Blanca cómo está?"
No para rescatarme.
No para resolverme.
Simplemente porque sabe que existo.
Porque valora que existo.
Eso tiene un nombre.
Se llama consideración.
Y es una de las formas más bonitas que conozco de amar.
Hoy también me acosté por primera vez en mi cama con mis almohadas nuevas.
No voy a dormir ahí todavía.
Hasta que tenga mi televisión.
Sí.
Tengo prioridades muy claras.
Pero me acosté.
Y, por primera vez en muchísimos años, mi cuerpo pudo desparramarse sin estar calculando el espacio de alguien más.
Entonces pasó algo extraño.
Mi cuerpo se expandió.
Y ese sonido interno que me acompaña desde que tengo memoria aumentó de volumen.
No sé qué significa.
Y, sinceramente, tampoco me importa descubrirlo.
Simplemente observé que sucedió.
Mi cuerpo ocupó espacio.
Mi ser también.
Mientras estaba acostada pensé en una analogía.
Durante mucho tiempo fui como la Tierra.
Siempre sosteniendo.
Siempre dando.
Siempre disponible.
Y la Tierra tiene un problema muy grande.
Como siempre está...
Terminamos dándola por sentada.
Hoy ya no quiero ser eso.
Prefiero ser un bosque.
Un lugar donde el agua circula.
Donde todos sostienen y todos son sostenidos alguna vez.
Donde nadie tiene que convertirse en héroe para demostrar que ama.
¿Extraño a Mike?
Sí.
Muchísimo.
Y no pienso mentirme diciendo que ya no.
Extraño verlo reír.
Ver cómo se sonrojaba siendo un hombre adulto.
Extraño que pudiéramos hablar durante horas de filosofía, de fútbol, de educación, de cualquier cosa.
Extraño incluso esos silencios donde no hacía falta decir absolutamente nada.
Pero también me doy cuenta de algo.
Hoy ya no estoy esperando sentada a que alguien venga a darme un lugar.
Mi cama ya es mía.
Mi recámara ya es mía.
Mi vida cada vez se parece más a mí.
Y si algún día Mike vuelve a aparecer...
No encontrará una mujer que estaba detenida esperándolo.
Encontrará una mujer que siguió construyendo su bosque.
Una mujer que ya ocupa su propio espacio.
Y probablemente lo primero que haga sea reírse y preguntarle:
—¿Qué pedo? ¿Ahora sí ya acabaste?
Y después, ya veremos.
Mientras tanto...
Mi corazón seguirá haciendo lo único que sabe hacer.
Amar.
Observar.
Y, de vez en cuando, escuchar una canción que me recuerde que alguien existe.
Porque quizá eso sea, al final, la forma más sencilla de decirle a otra persona:
"Sé que formas parte de mi mundo... y me alegra que existas." ❤️
Y a veces me pregunto si... yo también soy la Blanca de Schrödinger para él.
Y aquí aparece la pregunta de los diez millones... (es un decir 😂).
¿Quién dará el primer paso? ¿Quién será primero en esta nueva etapa que ambos estamos viviendo?
Porque también existe otra posibilidad.
Tal vez, desde que me fui, él decidió que ya no quería vivir con una Blanca de Schrödinger rondándole el corazón.
Tal vez ya eligió.
Y eso también forma parte de las infinitas posibilidades.
Mientras tanto...
Yo sigo aquí.
Desparramada en mi cama.
En mi departamento.
En este espacio que he ido construyendo poco a poco para mí.
Descubriendo que, por primera vez en muchos años, puedo ocupar todo el lugar que necesito...
Y aun así...
Todavía queda ese espacio, aquí, a mi lado derecho.
Ese espacio donde cabe perfectamente el Mike de Schrödinger del que te acabo de hablar.
Y, por ahora...
La caja aún sigue cerrada.
❤️

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